miércoles, 17 de julio de 2013

La importancia de la mente sobre la intensidad de percibir orgasmos.

El ser humano es un ser fisiológico, emocional, perceptivo, sensitivo y con un talante especial para dejarse llevar por su propia sugestión, y todo esto influye a la hora de percibir la intensidad de un orgasmo.

Estudios realizados con mujeres, demuestran que la intensidad fisiológica muchas veces no se corresponde con la intensidad psicológica del placer producido por un orgasmo, es decir, en más de una ocasión, algunas mujeres en las que sus cuerpos habían marcado mucha actividad fisiológica (intensidad orgásmica medida con aparatos que registraban los cambios fisiológicos que produce el orgasmo), no reportaban haber sentido mucho placer,  y en cambio en otras ocasiones en las que fisiológicamente apenas se había registrado indicios de orgasmo, estas manifestaban haber sentido un intensa sensación orgásmica. Estos datos demuestran que la mente y el cuerpo en incontables ocasiones viajan por senderos dispares.
¿A qué nos conduce este hallazgo? A pensar que realmente una relación erótica placentera está condicionada en gran medida por la sugestión, las expectativas y la condición psicológica, dejando en un lado secundario lo más puramente fisiológico. Por lo que podemos concluir, que por ejemplo, la manida discusión sobre el tamaño de pene,  si da más placer o menos según su longitud y grosor, puede resolverse de manera satisfactoria si separamos la fisiología de la psicología:

Ø  Fisiológicamente: los genitales de la mujer están preparados para sentir placer, prácticamente y en exclusiva, en los cuatro primeros centímetros (clítoris, labios, entrada de la vagina ...) por lo que el tamaño del pene es irrelevante.

Ø  Psicológicamente: va a depender de las expectativas, sugestión y creencias acerca del tamaño, es decir, si la mujer fantasea con un tamaño grande, muy posiblemente la visión de este va a condicionar su respuesta ulterior, sintiendo más placer psicológico, por el mero hecho de percibir el tamaño grande como más placentero.

Lo que nos lleva a pensar que puede haber mujeres a las que la visión del pene les agrade y aumente más su placer psicológico y a otras mujeres a las que la visión de dicho miembro les repulse y deseen mantener el menor contacto posible con este. El primer tipo de mujer podemos denominarlo “propene” y al último “antipene”, siempre moviéndonos en una escala gradual, donde el punto medio se situarían las mujeres que ni les agrada ni les causa rechazo. Posiblemente aquí nos encontremos también con mujeres  que fluctúan entre la erotofilia y la erotofobia[1], según su agrado o rechazo del miembro viril, aunque por supuesto, está relación no se cumpla en todas las circunstancias. En cualquier caso, es importante saber que en una relación erótica, el pene es solo un factor más del juego, ni el único, ni el protagonista, las relaciones basadas únicamente en la genitalidad pierden parte de su potencial, pues dejan de lado otras manifestaciones eróticas de gran magnitud, que aportan a la relación mayores satisfacciones.

En definitiva, nuestra mente es la gran protagonista en cada encuentro erótico que mantenemos, es la que nos sugestiona favorable o desfavorablemente; nuestras expectativas pueden alentarnos hacia un orgasmo supremo o hacia la hecatombe, un mismo sujeto puede ser el mayor amante para alguien en concreto y un amateur para otra persona, pues todo depende de lo que llevemos en nuestra mente antes de comenzar la relación erótica. Por lo que no estaría demás despejar la mente y dejarse llevar por las sensaciones.



[1] Erotofilia: actitud positiva que mantenemos con respecto a todo lo sexual y erótico, no albergando sentimientos de culpa, ni rechazo sobre estas conductas, por lo que las personas erotofílicas pueden hablar abiertamente de sexo, sin sentirse mal por ello.
Erotofobia: actitud negativa hacia todo lo sexual y erótico, que conlleva a que las personas se sientan culpables al hablar de sexo o mantener conductas de esta índole.

sábado, 13 de julio de 2013

La actitud del psicólogo/sexólogo: entre la sistematización y la empatía.

En las Universidades a  los psicólogos  nos intentan enseñar cómo funciona el cerebro humano, cómo son los procesos motivacionales, la memoria, la atención, los tipos de trastornos de personalidad, las etapas del desarrollo de ser humano, pero apenas se comenta o no se estudia lo suficiente cómo ha der ser nuestra actitud ante los pacientes y ante la terapia que vayamos a desarrollar, y esta actitud va a marcar considerablemente el tipo de alianza terapéutica que entablaremos con nuestro cliente[1].

Podemos definir la alianza terapéutica como el grado de colaboración que consigue establecer el terapeuta con respecto al paciente, esta alianza es tan importante que puede llegar a predecir el éxito o fracaso de la terapia, pues si este se muestra colaborador y receptivo es más probable que los tratamientos conlleven al éxito esperado. La alianza significa que el paciente confía en su terapeuta y está dispuesto a colaborar con él para llegar a la mejoría esperada.  Como afirman Sergi Corbella y Luis Botella: “Bordin (1976) definió la alianza como el encaje y colaboración entre el cliente y  el terapeuta e identificó tres componentes que  la configuran: (a) acuerdo en las tareas, (b) vínculo positivo y (c) acuerdo en los objetivos[2]”.

Y estos tres componentes pueden conseguirse con el paciente si el psicólogo o sexólogo posee un talante sistematizador y una capacidad empática equilibrada.

Por sistematización vamos a entender, la capacidad del terapeuta de establecer pautas metodológicas estables, basadas en la investigación científica y corroborada por la práctica profesional. Para Simon Baron-Cohen: “Sistematizar es entender y desarrollar un sistema (…) un sistema entendido como todo aquello que está gobernado por unas reglas que especifican unas relaciones de entrada-operación-salida (…). La sistematización, por tanto, requiere una observación detallada[3]. Es la capacidad que tiene el psicólogo de establecer relaciones del tipo “Sí ocurre X, entonces Y”. Este proceso se consigue con la observación sistemática y la escucha activa del paciente, apoyándose en herramientas como hojas de registros, grabadoras y todo aquel utensilio válido para detallar los elementos necesarios para instaurar una buena terapia.  La sistematización es una herramienta fundamental que ha de poseer un profesional, pues le ayuda a mantener unas bases estables amparadas por el rigor científico; la carencia de sistematización puede  provocar el riesgo de convertir las sesiones de terapia en meras charlas coloquiales. Pero un psicólogo/sexólogo que solo basa sus terapias en la capacidad de sistematización, cae en el error fundamental de no poder promover un acercamiento efectivo, puesto que se convierte en un burdo robot analista que no es capaz de validar  a su paciente. Por ello se hace necesario adquirir un equilibrio entre la sistematización y la empatía.

La empatía es la capacidad que tenemos de ponernos en el lugar del otro, de sentir lo que el otro siente, como afirma Baron-Cohen: “La empatía es sintonizar de una forma espontanea y natural con los pensamientos y sentimientos de otra persona, sean los que sean (…) leer la atmosfera emocional que rodea a la gente[3]”. Con la empatía podemos validar con sinceridad el sufrimiento y la preocupación de nuestro paciente, creando un clima de afecto y confianza que ambos pueden percibir en la consulta. El paciente va a sentirse comprendido y aceptado, estos sentimientos son las piedras angulares iniciales para establecer la alianza terapéutica en condiciones óptimas. Sin la empatía adecuada corremos el riesgo de espantar a nuestros pacientes, pues no seremos capaces de establecer una comunicación tanto verbal como no verbal reciproca, dejando escapar la simbiosis y la complicidad absolutamente necesarias para que este se sienta cómodo, comprendido y valorado. Pero un exceso de empatía puede perjudicar al profesional, ya que pierde de vista la objetividad necesaria para ayudar o asesorar, pues una empatía superlativa puede cegarnos y apabullarnos provocando que mantengamos una relación diferente a la esperada como profesionales. Con empatía pero sin sistematización, nos convertimos en meros amigos de nuestros pacientes, algo que de ningún modo debe ocurrir en consulta.

En definitiva, los profesionales de la psicología/sexología deben equilibrar ambos componentes para que puedan realizar su trabajo de forma eficaz y eficiente. Han de tener en cuenta que la sistematización es un elemento completamente necesario, pues incita a que basen sus actos en hechos científicos y la empatía promueve un clima adecuado entre el paciente y el profesional. Y como todo en esta vida, ni los excesos ni las carencias llevan al equilibrio y el equilibrio es la pieza principal para que todo funcione de forma adecuada.



[1] Paciente o cliente, según en el marco de referencia que deseemos ubicarnos. Dependerá de la idiosincrasia del terapeuta.
[2] Datos hallados en: http://www.um.es/analesps/v19/v19_2/04-19_2.pdf Corbella, S. y Botella, L. (2003). La alianza terapéutica: historia, investigación y evaluación. Anales de psicología
2003, vol. 19, nº 2 (diciembre), 205-221.
[3] Baron-Cohen, S. (2005) La Gran Diferencia. Cómo son realmente los cerebros de hombres y mujeres. Amat: Barcelona.

miércoles, 10 de julio de 2013

El hombre que se perdió a sí mismo. El nuevo rol del hombre moderno.

El hombre, ese ser al que le tocó defender su origen masculino, su virilidad, su porte, su saber estar, ese hombre se encuentra hoy más perdido que nunca.  No hay referentes, ha de basarse en lo que conoce de sus antepasados y esas lecciones han quedado obsoletas, caducas y rancias.

Están desorientados, confusos, pues por fin pueden demostrar sus sentimientos, sus inseguridades, sus contratiempos, pero han de seguir mostrándose fuertes, decididos, seguros, ahora sienten que dan un paso hacia delante en el progreso, pero que este se tambalea pues no hay referentes, ni pilares que indiquen que van por buen camino.

Tantos años de patriarcado han dejado su huella profunda, en la rigidez masculina. Todo estaba claro, era sencillo, podían con su rol, eran los que traían el dinero a casa, los que gestionaban las decisiones, los que pedían sexo, los super machos hipersexuales. Hoy ya no se les pide nada de eso (aunque lo de hipersexuales sigue vigente), a estos supermachos se les compara ahora como a algún tipo de homínido pasado de moda ¿Y qué se les pide? Que sean más flexibles, que sepan ser empáticos, que comprendan a los demás, que muestren sus emociones, que expresen sus inseguridades, pero sin pasarse. Pues algunas mujeres aseguran que lo que más les puede hacer descender su deseo sexual es estar ante un hombre quejica, lleno de inseguridades. Y no sabemos manejarnos. Algunos colectivos masculinos ya empiezan a reivindicar que no son tan hipersexuales como se les han tachado durante generaciones, asegurando que piensan en sexo incluso menos que ellas, y por las reminiscencias ideológicas sociales, esto les causa problemas de identidad, de ansiedad, piensan que no van a poder complacer a sus esposas, amantes y parejas, padeciendo de eyaculación precoz o retardada, por un control excesivo de lo que están haciendo para agradarlas en vez de relajarse y dejarse abandonar de forma “egoístamente funcional”. Hemos pasado del “no me importa si mi mujer siente placer” al excesivo empeño de la virilidad masculina por hacer gozar a la pareja sin pensar en nosotros mismos. Posiblemente las generaciones futuras alcancen ese equilibrio del que carecemos, pues esto aun nos viene grande.

No es la primera vez que escucho de la boca de una mujer que qué nos pasa ahora a los hombres que andamos como perdidos, y es cierto, nos hemos perdido a nosotros mismos. La gran mayoría sabemos que el cambio era necesario, el progreso nos indica que debemos modificar nuestras conductas obsoletas, siempre para mejor, pero pedimos paciencia. Aun no sabemos cuándo debemos reír y cuándo llorar, cuándo podemos hablar de nuestros sentimientos e inseguridades y cuándo mostrarnos fuertes. Hablamos cuando nos toca callar, nos sentimos indefensos, inseguros, con quejas existenciales y no sabemos a quién contárselo.

Lo único cierto es que el hombre moderno es un bebé recién nacido y que las mujeres actuales no van a poder disfrutar de este nuevo ser en perfecto equilibrio, eso ya lo probarán las hijas de sus hijas, cuando el hombre integre de una vez por todas, sus facetas propiamente masculinas con las femeninas (roles marcados por la sociedad como masculinos-femeninos), en un compendio equilibrado de madurez y sexapil inigualable, pero eso es el futuro, mientras, sigan ayudándonos, que falta nos hace.

lunes, 1 de julio de 2013

¿Cómo puede afectar la ansiedad a nuestras relaciones sexuales? Sexo y ansiedad.

La ansiedad es una respuesta innata de corte fisiológico, psicológico y conductual que aparece ante las demandas externas y cuyo objetivo fundamental es la supervivencia. Cuando nuestro organismo intuye que estamos en peligro el sistema nervioso simpático se activa, provocando que el circuito de la ansiedad se inicie para reaccionar de forma eficaz a dicho estimulo, por lo que gracias a la ansiedad reaccionamos huyendo o atacando, en definitiva nos ayuda  a sobrevivir.

Así pues tiene una función positiva, pero cuando este estado de ansiedad se dispara de manera continua y ante estímulos que realmente no son peligrosos, tanto la ansiedad como el estrés pueden afectar de forma negativa al organismo, pudiendo llegar a convertirse en un trastorno de ansiedad.


Los síntomas de la ansiedad aparecen porque el sistema nervioso simpático se ha puesto en funcionamiento, este sirve para activarnos y sentimos entre otras manifestaciones: palpitaciones, sudoración, respiración dificultosa, nauseas, malestar abdominal, miedo, pérdida de control, etc.  Por lo que una activación prolongada de estos síntomas pone en riesgo nuestra salud física y psicológica, afectando  a diferentes parcelas de nuestra vida cotidiana, entre las cuales puede estar nuestra vida erótico-sexual.

La ansiedad puede tener unos efectos nocivos, provocando una serie de problemas sexuales[1] como inapetencia sexual, pues la activación del organismo al pensar en el estimulo que provoca la ansiedad puede bloquear las ganas de mantener relaciones sexuales. También puede provocar disfunción eréctil y eyaculación precoz, estas disfunciones tienen sus raíces en la ansiedad, pues detiene la respuesta de erección e interfiere en el mantenimiento de esta una vez alcanzada o causando una eyaculación temprana, por una sobre-activación del sistema nervioso simpático. Otro problema que provoca puede ser la disfunción orgásmica, ya que en esta existe una ansiedad adquirida que interfiere en el funcionamiento normal del reflejo orgásmico, puede ser debido a una ansiedad situacional asociada con el miedo a la intimidad interpersonal, ansiedad crónica por estrés acumulado, ansiedad secundaria derivada del miedo al fracaso sexual (temor a no rendir adecuadamente) y ansiedad provocada por conflicto moral.  También provoca la aparición del vaginismo[2], por altos niveles de estrés y ansiedad asociados al miedo al dolor, daño o embarazo o por historial de trauma sexual, problemas con la sexualidad o conflictos morales. El circulo vicioso que suele producirse en este caso es que tras el primer intento de penetración fracasado, el dolor y la ansiedad se generalizan en los futuros intentos, perpetuando una tensión que irá en incremento cada nueva vez que se intenta, consolidando al fin el vaginismo.

En definitiva tanto la ansiedad general como la anticipatoria afecta de manera negativa a la hora de iniciar o mantener relaciones eróticas, como afirma Kaplan: “La ansiedad y la culpa pueden hacer que una persona evite la vida sexual y/o restrinja su conducta sexual[3]”.



[1] Datos hallados en el Manual Terapéutico sobre el tratamiento de las disfunciones sexuales de la AEPCCC
[2] El vaginismo es un problema sexual femenino, en el que los músculos de la vagina se contraen de tal manera que la penetración (de un dedo, el pene o incluso un tampón)  se hace difícil, dolorosa o incluso imposible.
[3] Datos hallados en: Kaplan, H. (2010). Manual ilustrado de terapia sexual. La solución a los trastornos sexuales más comunes. Debolsillo: Barcelona.

viernes, 14 de junio de 2013

Ley de transparencia en las relaciones de pareja ¿Debemos contárnoslo todo?

Según 20mintuos. es, hay 93 países en el mundo que poseen leyes de transparencia[1]. Estas se pueden definir como una serie de leyes que regulan el acceso de los ciudadanos a obtener información sobre los gobiernos y sus administraciones, información que atañe por ejemplo al dinero que los gobiernos gastan provenientes de los contribuyentes. En definitiva, son unas leyes que intentan desterrar la opacidad de las gestiones de los gobiernos.

Si transferimos esta idea al mundo de las relaciones de pareja, la ley de transparencia supondría que la perspectiva ideológica de las parejas debe asentarse en el pilar de la sinceridad, por lo que han de contárselo todo o por lo menos ser lo más honestas que puedan.

La honestidad es un pilar básico en toda relación sana que se precie, pero para ser honestos, ¿debemos contar absolutamente todo lo que nos acontece, pensamos o sentimos? Algunas emociones, a veces, son fugaces, ilusorias e incluso nos pueden llevar a conclusiones falaces, entonces ¿por qué atormentar a nuestra pareja diciéndole todo lo que se nos pasa por la cabeza en un momento determinado?

Para muchos expertos en terapia de pareja, lo ideal sería poder quedarnos, para nosotros, ciertos pensamientos, sensaciones y emociones, ya que al contarlos puede que perjudiquemos a la pareja y a la relación, sabiendo además, que gran parte de estas emociones o sensaciones pueden ser pasajeras. ¿De qué le sirve a nuestra pareja saber que hay un/a nuevo/a compañero/a de trabajo que es guapísimo/a o graciosísimo/a? Conociendo a nuestra persona amada podemos obviar cierta información que pueda serle perjudicial, asentándonos siempre en el pilar de la honestidad, sin llegar a mentir, ni a falsear la realidad, de modo que acabemos manipulando a nuestra pareja, puesto que hay información que puede soslayarse, pero otras informaciones son necesarias para que la relación se inscriba en la sinceridad, ejemplo: no es lo mismo ver a un compañero de trabajo bello que empezar a tener una aventura con él.

Lo importante es saber calibrar donde está la honestidad no dañina, de la falta de respeto con respecto a la información que deseamos dar al otro. Cada pareja tiene sus propias leyes y acuerdos, sus propios puntos débiles y grandezas.

En definitiva, si utilizamos una ley de transparencia en nuestra relación, quizás esta debería contener una clausula con la que podamos reservarnos cierta información que pueda dañarla o deteriorarla,  pues no todo lo que se cuenta a la pareja va en beneficio de la relación.

martes, 11 de junio de 2013

Libros sobre el amor y psicología (tercera parte)

A continuación llega una nueva entrega de los últimos libros que he leído sobre psicología, sexología, amor y parejas, con la intención de seguir recomendando buenas lecturas para las personas interesadas en estas temáticas. Esta vez queda dividió en 4 secciones, una dedicada al amor, otra a la sexología y la terapia de pareja, otra sobre diferencias entre hombres y mujeres y un último apartado sobre otros temas interesantes de psicología.

Psicología del amor.

Valentis, M. y Valentis, J. (2005). Inteligencia romántica. Cómo ser inteligente también en el amor. Amat: Barcelona.
Utilizando las nuevas bases ideológicas de la inteligencia emocional, ambos autores explican cómo conseguir ser hábil en el amor, a través del uso de la empatía y de lo que ellos denominan inteligencia romántica. Incluye un test para comprobar si el lector es una persona inteligente en la vida y en el amor.

Pallares, E. (2012). Psicología del amor. Para comprender mejor esta fortaleza humana. Mensajero: Bilbao.
Pallares disecciona que esto del amor, basándose en las grandes teorías que circulan al respecto. Es un buen libro para iniciarse en la ciencia del amor, pues toca aspecto como los celos, la adicción al amor, la sexualidad, el amor biológico, la idealización y un largo etc. Recomendado para los que quieren una dosis amena sobre lo que se conoce científicamente en relación al amor.

Mellody, P (2012). La adicción al amor. Cómo cambiar su forma de amar para dejar de sufrir. Ediciones Obelisco: Barcelona.
No sabía si incluirlo o no, pues es de los pocos libros que me he dejado a medio ya que me resulto extremadamente tedioso, quizás porque no era el momento de leerlo. Pese a parecerme aburrido, tiene de curioso que la autora explica una teoría de la adicción basada en su propia historia personal.

Sexología y terapia de pareja.

Kaplan, H. (2010). Manual ilustrado de terapia sexual. La solución a los trastornos sexuales más comunes. Debolsillo: Barcelona.
Kaplan es una de las grandes autoras y estudiosas de la terapia sexual. Este libro sirve tanto para los expertos en sexología como para cualquier persona que desee introducirse en esta temática. De corte psicoanalista y centrada en la fuerza de la imaginación y la fantasía como grandes herramientas para tratar diversas problemáticas sexuales.

López, F. (2009) La educación sexual. Biblioteca Nueva: Madrid.
Un libro muy interesante tanto para padres, sexólogos y educadores, pues Félix nos ayuda a entender la importancia de la educación sexual tanto en el entorno familiar como en el escolar. Aporta un cuestionario sobre erotofilia y erotofobia.

Diamon, J. (2011) ¿Por qué es divertido el sexo? La evolución de la sexualidad humana. Debolsillo: Barcelona.
Un libro muy ameno que basa sus postulados en los conocimientos de la Psicología evolutiva y la antropología humana. Comenta la importancia del sexo más allá de la reproducción, lo que denomina el “sexo recreativo” y cómo este llegó a ser tan importante para nuestra especie. Habla de los papeles masculinos y femeninos en la sexualidad.

Kahr, B. (2010) Sexo y fantasías. La investigación más completa y reveladora sobre nuestro mundo sexual interior. Mr-ediciones: Madrid.
Es la investigación más exhaustiva sobre fantasías sexuales realizada en Gran Bretaña. Pone de manifiesto todo tipo de fantasías que los ingleses tienen, intentando aportar un significado psicoanalítico de lo fantaseado. Pone de manifiesto que  una de las fantasías sexuales que más se repiten, es fantasear con otra persona en la cama mientras se realiza el acto sexual con la pareja.

Barash, D. y Lipton, J. (2001) El mito de la monogamia. La fidelidad y la infidelidad en los animales y en las personas. Siglo Veintiuno: Madrid.
Aporta conocimientos científicos para demostrar que el ser humano no es monógamo, se basa en la psicología evolutiva, la antropología y la etología. Todo lo que nos aguarda tanto fuera como dentro de nosotros es pura competición, pues los genes desean competir para replicarse.

Judson, O. (2011) Consultorio sexual para todas las especies. Introducción a la biología evolutiva del sexo. Drakontos Bolsillo: Barcelona.
De una manera pedagógica y divertida, esta autora pasa consulta sexológica a muchas especies animales para que entendamos sus rarezas y sus maneras de reproducirse, desde las bacterias a los grandes mamíferos, hace un recorrido sexual de muchas especies animales para después compararlo con la especie humana. Cotilleos de la sexualidad animal.

Mesón, N. (2012) Amor, sexo y mentiras. Divalentis.
A través de la narración de diversas historias, Nieves Mesón hace un recorrido por varios pensamientos de diversidad de personas sobre el amor, posicionándose tanto desde la postura masculina como de la femenina. Son narraciones muy esclarecedoras que se pueden utilizar en terapia de pareja para que los pacientes puedan sentirse identificados.

Costa, M. y Serrat-Valera, C. (2010) Terapia de parejas. Alianza Editorial: Madrid
Un libro clásico de la terapia de pareja en España, de corte profundamente conductual que ofrece diversas herramientas útiles para trabajar con pacientes. De lectura indispensable para toda persona que desee ejercer como terapeuta de pareja.

Diferencias entre hombres y mujeres.

Gray, J. (2006) Lo que tu madre no te dijo y tu padre no sabía. Técnicas avanzadas para disfrutar de uniones más gratificantes. Debolsillo: Barcelona.
Otro libro de diferencias entre hombres y mujeres de la saga del célebre John Gray. Sigue investigando entre las diferencias que provocan que hombres y mujeres no nos entendamos, lo que suele incitar numerosos conflictos. Es más ameno que su popular libro “Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus”.

Baron-Cohen, S. (2005) La gran diferencia. Cómo son realmente los cerebros de hombres y mujeres. Amat: Barcelona.
Aporta mucha información científica para dar validez a su teoría sobre las diferencias entre hombres y mujeres, defendiendo que las mujeres son más empáticas y los hombres más sistematizadores. Hace un gran estudio sobre el autismo, como pilar de la sistematización pura.

Otros temas de Psicología

Rojas-Marcos, L. (2010) El sentimiento de culpa. Punto de lectura: Madrid.
La autora nos acerca al mundo del sentimiento de culpa inherente al ser humano, pues este nos afecta en todos los ámbitos posibles: desde la sexualidad, la afectividad, la agresividad etc. Pero el mensaje que uno acaba sustrayendo es sumamente positivo y constructivo.

Goleman, D. (2006) Inteligencia social. Kairós: Barcelona.
Basado en los avances sobre el conocimiento cerebral, Goleman aporta su teoría sobre la inteligencia señalando que el ser humano está diseñado para ser social, su cerebro está programado para comunicarse con los demás de forma efectiva y afectiva. Habla del amor, de la sexualidad, de las relaciones de pareja desde la base de la neurociencia y la psicología evolutiva. 

jueves, 6 de junio de 2013

¿Cómo afecta el consumo de alcohol a las relaciones sexuales y de pareja? Alcohol, sexo y pareja.

El alcohol es uno de los desinhibidores más usuales que utilizamos en sociedades como la nuestra. Sirve como lubricante social ya que nos permite desconectar el control de impulsos, promoviendo una socialización sin trabas y sin preocupaciones, puesto que la capacidad de raciocinio como de autocontrol se inhiben. Pero el consumo prolongado de alcohol puede afectar a nuestra sexualidad y a nuestras relaciones con los demás, incluyendo la pareja.

Según un estudio publicado en “Alcoholism: Clinical & Experimental Research[1], indican que un consumo moderado de alcohol puede aumentar hasta cuatro veces los niveles de testosterona, lo que provoca que nos pongamos tanto agresivos como que aumente nuestro deseo sexual.

En un primer instante, parece que el alcohol puede acrecentar o al menos despertar nuestro deseo sexual, aunque la controversia entre los científicos y expertos parte de si en realidad esta aparición del deseo sexual proviene de los aumentos de testosterona o de la propia desinhibición que provoca el alcohol. Para rebatir la hipótesis del aumento de la testosterona como factor del despertar del deseo sexual, se llevó a cabo un estudio, en el que dos grupos de personas (grupo a y grupo b) consumían cerveza, lo que no sabían era que uno de los grupos la bebía sin alcohol, los resultados finales indicaron que ambos grupos se habían sentido desinhibidos, con lo que se demostró la importancia del  efecto placebo y de la sugestión cuando creemos que estamos bebiendo alcohol; esta creencia puede influir en el comportamiento, promoviendo conductas desinhibidas, por lo que sería la desinhibición y no el aumento de testosterona la que promovía el despertar del deseo sexual. Pero la pregunta se hace evidente ¿Puede que estas personas que creían que consumían cerveza con alcohol, tal sugestión les provocara un aumento de la testosterona? Es decir al creer que consumían alcohol se desinhibieron por efecto de la sugestión y pudiera que su organismo a la vez, aumentara sus niveles de testosterona promoviendo un deseo sexual acrecentado.

Al fin y al cabo lo importante es que algunas personas notan en su organismo un despertar de su deseo sexual cuando consumen alcohol y esto podría explicarse de forma multicausal (como la gran mayoría de acontecimientos que afectan al ser humano), siendo producto tanto de la desinhibición como de los cambios en los niveles de testosterona.

Lo que sí parece más evidente para los científicos y expertos es que tanto el consumo abusivo y/o prolongado de alcohol conlleva riesgos para nuestra sexualidad (en el caso de la aparición del deseo sexual se necesita una ingesta leve o moderada, pues si la dosis es muy alta tal deseo se inhibe).

Una ingesta elevada de alcohol provoca una serie de inconvenientes en el hombre:

·         Dificultades en la erección, el pene puede quedar semi-erecto o completamente flácido.
·         Retraso en la eyaculación, al hombre le cuesta eyacular, por lo que puede pasar mucho tiempo intentándolo con un resultado ínfimo.
·         Sensación de orgasmo anestesiada, puesto que las sensaciones placenteras que emanan del cerebro se insensibilizan, dificultando así la sensación de placer.

 A la mujer también le afecta del siguiente modo:

·         Disminuye la lubricación, la vagina no se lubrica adecuadamente.
·         Retraso del orgasmo y menos intenso, como en el caso del hombre.

Y un consumo prolongado de alcohol puede afectar a nuestro organismo, aunque en algunos casos de forma reversible.
Entre los problemas que causa este consumo extendido de alcohol en el hombre son:

·         Disminución de la testosterona, científicamente queda comprobado que el consumo del alcohol prolongado afecta negativamente a la testosterona, provocando el efecto contrario que cuando el consumo es leve, disminuye el deseo sexual y provoca feminización: disminución del tamaño de los testículos y aumento de pecho. También puede provocar disfunción eréctil.

Y a las mujeres afecta del siguiente modo:

·         Cambios en el ciclo menstrual y esterilidad.

Y el consumo de alcohol no afecta solo a la sexualidad sino a las relaciones de pareja también. Como hemos visto la ingesta de alcohol puede provocar mayores niveles de agresividad, con lo que podemos ponernos violentos con nuestro ser amado.

Cuando estamos ebrios y nuestro control de impulsos ha caído, podemos empezar a sacar todos los resentimientos, inseguridades, problemas internos que llevamos, atacando a nuestra pareja y haciéndole mucho daño. El peor momento para discutir cualquier cuestión es bajo los efectos del alcohol, pues entre otras cosas, no podemos discernir racionalmente, digamos que es la vía inferior de nuestro cerebro (la presidida por la amígdala y que controla el miedo y la agresividad, entre otras emociones) la que gobierna nuestro estado, somos viscerales, impulsivos, repetitivos hasta la médula y carecemos de empatía y de sentido común, todo este coctel lo único que provoca es que la pareja quede resentida, dolida y con la sensación de que no se conoce al otro, ni a la relación. Toda pareja que discute bajo los efectos del alcohol corre el riesgo de resentirse hasta el extremo de que ya nada vuelva a ser como antes y la relación quede rota y vista para sentencia. Y el alcohol promueve la discusión en pareja, por lo que  pareja y alcohol son dos elementos que no funcionan a la hora de mantener una relación sana y equilibrada. Ya nos avisa la campaña de publicidad de la FAD sobre los efectos nocivos del alcohol con respecto a nuestras relaciones interpersonales[2].

Podéis ver el spot aquí: 

sábado, 1 de junio de 2013

Relaciones abiertas y patriarcado. Una dicotomía actual.

En la actualidad y pese a los innegables y rápidos avances de nuestra sociedad moderna, seguimos arrastrando el yugo del patriarcado.  Cuando hablamos de este concepto nos referimos a la distribución desigual del poder entre mujeres y hombres que provoca otra serie de contrariedades como las que  llegan a afectar incluso al tipo de relaciones amoroso-eróticas que deseamos mantener.


El patriarcado impone un tipo de relación estándar y normalizado, para todo buen ciudadano que se precie como tal, dejando el resto de relaciones marginadas, atropelladas y rechazadas, puesto que no cumplen con los cánones que la sociedad, religión y cultura marcan como deseables.

Y entre los tipos de relaciones denostadas encontramos las denominadas relaciones abiertas. Podemos definir relación abierta al acuerdo que se establece entre dos personas donde ambos  son libres para mantener otro tipo de encuentros, que suelen ser eróticos, con otras personas, sin que esto provoque una escisión o problema en la relación de origen. Podemos establecer diversos tipos de relaciones abiertas, pues va a depender del contrato verbal (o incluso firmado, según las preferencias de la pareja) que ambos estipulen, siendo los más corrientes:

  • Mantener relaciones eróticas esporádicas con personas diferentes, no siendo siempre con la misma, para no correr el riesgo de que la relación se resienta a causa de un nuevo enamoramiento.
  • Mantener relaciones eróticas sin ningún tipo de restricción, pues cada persona es libre de decidir sobre su propia vida, somos libres de decidir si deseamos abandonar una relación en cualquier momento.
  • Mantener relaciones eróticas y afectivas con otras personas, pudiendo originarse tríos amorosos (tríos en el sentido afectivo y no sexual de la palabra, aunque también puede dejarse espacio para esta circunstancia).
Las relaciones abiertas se nutren de la libertad máxima de elección por parte de ambas personas, puesto que esta sensación de libertad es la que promueve que sigan queriendo permanecer juntas, no notan el yugo del compromiso impuesto y se saben libres para volar hacia donde les apetezca y esta sensación les devuelve las ganas de volver con su compañero, amándole, deseándolo y respetando su libertad.

Pero cuán difícil se torna decir a la sociedad que uno forma parte de una relación abierta, pues al nombrar estas palabras, las caras de los oyentes se modifican hacía gestos de incomprensión, rareza, estupefacción, con un insustancial talante atónito, morando en sus pensamientos frases del tipo: “Ufff, yo no podría jamás formar parte de una relación abierta”, ambientando el dialogo con preguntas del tipo: “¿y no te sientes celoso/a? ¿Pero os lo contáis todo después? Y las preguntas se tornan evidentes ¿Por qué se nos hace tan difícil comprender que hay personas que viven felices en este estado libre? ¿Por qué no podríamos formar parte de una relación abierta?


Respetando que cada cual elije un tipo de relación que vaya más con sus preferencias, personalidad y tipo de apego, deberíamos plantearnos que hilos mueve el patriarcado para hacernos tan difícil asumir este tipo de relaciones. Lo primero que pensamos al oír “relación abierta” son las dificultades que creemos que emanan de ella, dificultades que intuimos que antes o después acabarán con este tipo de relación, como si las relaciones estándar no adolecieran de procesos precarios, rupturas y malentendidos. Toda relación sea de la forma que sea, conlleva unos riesgos, conflictos e irregularidades que con motivación y persistencia pueden ser remediados, acomodados, entendidos y solucionados; ningún tipo de relación está exento de problemas.
Por otro lado hay demasiados ojos desconfiados, ya que lo diferente provoca miedo y rechazo, y el patriarcado odia con gran firmeza, todo aquello que se aleja de sus cánones, pues para este, mantener una familia nuclear de padre y madre basada en el respetuoso matrimonio es lo ideal, ya que al firmar este acuerdo queda sellado su amor eternamente, pero el ser humano se compone de cambios y transformaciones y algunas personas que conocen sus necesidades saben que el matrimonio para ellas es como un yugo acosador que no les deja respirar el aire puro de la libertad.

Así pues, todo tipo de relación es respetable, desde el matrimonio hasta la relación abierta, siempre y cuando los participantes se encuentren bien consigo mismos, sientan que siguen creciendo y que sus vidas son plenas.

Al patriarcado le conviene que no andemos jugando con los tipos de relaciones, prefiere que nos cuestionemos toda relación que no sea la estándar, que la veamos con prejuicios e ideas distorsionadas, que no deseemos formar parte de ellas, desea que las mujeres sean sumisas y castas. Para el patriarcado no es asumible que una mujer desee mantener relaciones con más de un hombre y que encima él lo consienta, la mujer no ha de salirse de la línea recta de su pureza y devoción hacia un solo hombre. Las relaciones abiertas enturbian la mente de los que conviven en ellas, están desviados, son rechazables. El hombre que se precie como tal debe mantener una familia donde su esposa se deba a él y a sus hijos, con las relaciones abiertas la mujer pierde el sentido de la familia y se pierde así misma. Y así hasta un sinfín de axiomas falaces que se han ido insertando en nuestra piel y que roza nuestro ADN, menos mal que siempre hay personas a las que les gusta romper las reglas del juego cuando ven que estas amordazan a algunos de los jugadores.

miércoles, 29 de mayo de 2013

¿Cómo podemos excitar a nuestra pareja? Egoísmo funcional. Mi placer se convierte en tu placer.

La mayoría de las relaciones eróticas basan su existencia en la dualidad, es decir mantenemos un contacto con otro ser y deseamos que este se sienta a gusto, note placer y llegue al clímax.

Este pensamiento a priori normal y sano puede acabar convirtiendo la experiencia erótica en una lucha por agradar al otro, por parecer que se tiene la pericia adecuada, por centrar los sentidos en la otra persona, anestesiando nuestras propias sensaciones, provocando una ansiedad coital avocada a que ambos miembros dejen de disfrutar, pues nuestra mente se va hacia el otro, promoviendo que dejemos de ser conscientes de nuestro propio placer y esta circunstancia lo nota la pareja con lo que puede dejar de sentirse excitada, puesto que la relación intima se transforma en pura mecánica y nuestros gestos y comunicación no verbal se tornan algo distantes, y al final uno acaba sintiendo que no sabe muy bien qué es lo que está haciendo, adormeciendo la sensación de placer y mutilando el clímax.

En ese momento la relación erótica deja de tener sentido y pueden aparecer problemas de impotencia, deseo sexual inhibido y/o ansiedad anticipatoria, entendida esta como un tipo de ansiedad que se produce cuando la persona anticipa que va a mantener relaciones eróticas no satisfactorias o problemáticas, provocándole diversas complicaciones como las antes citadas. Perdemos el sentido de placer que nos movía en un principio, y al intentar conectar eróticamente con el otro, provocamos el efecto contrario y lo perdemos, pues nos distanciamos de nosotros mismos y al ocurrir esto nos apartamos de la experiencia erótica.

Por ello, no es descabellado en estas circunstancias, aludir a un tipo de egoísmo que puede salvar nuestras relaciones intimas, el egoísmo funcional. Podemos definir este como una posición que mantenemos en las relaciones eróticas centrada en nosotros mismos, buscando nuestros puntos de placer, concentrando el pensamiento en nuestras sensaciones y abandonándonos a ellas. Al poner en práctica este egoísmo y  centrarnos en nosotros mismos, la excitación se eleva, puesto que todos nuestros sentidos están concentrados en las sensaciones que experimentamos, disparando el placer, lo que provoca en la otra persona, al vernos tan excitados, otra explosión de excitación encadenada, lubricando la experiencia y ayudando a alcanzar el más alto clímax. Al ser egoístas buscando nuestro propio placer, nos excitamos magnánimamente y esto al ser reconocido por el otro, eleva su lascivia y la relación erótica se torna realmente gratificante y placentera.

Está claro que debemos preocuparnos por el placer del otro, pero sin llegar a perder la conexión con nosotros mismos, ya que para alcanzar una excitación prolongada y efectiva debemos ser plenamente conscientes de nuestras propias sensaciones, dejándonos abandonar por ellas, y nuestra pareja, al observarnos, se unirá con  suma complicidad al éxtasis por ambos ocasionado y deseado.

miércoles, 8 de mayo de 2013

¿Podemos discutir sin llegar a pelear? Trucos para no acabar peleado ante una discusión.

Podemos definir discusión como un dialogo de posturas enfrentadas donde cada una de las partes expone sus argumentos y desea ser entendido, comprendido y aceptado, intentando aceptar la postura del otro. Una discusión no implica que ambos miembros deban pelearse, pues la pelea surge cuando se pasa del dialogo amistoso al enfrentamiento de egos, con la intención de imponer nuestro criterio por encima del otro, apoyados en la premisa básica de no escuchar.


Y la pelea surge cuando dejamos de tener claros nuestros objetivos en la discusión. Si por ejemplo nuestra pareja llega sistemáticamente tarde a cada cita que planeamos con ella, puede ser  normal que nos sintamos irritados, frustrados y dolidos, pero si utilizamos esta rabia y frustración como lanzadera de nuestros deseos de que el otro entienda nuestro enfado, el resultado más que posible es que no consigamos nuestros objetivos, puesto que si le gritamos, le insultamos y criticamos su personalidad, ¿estamos teniendo claro cuál es el objetivo de la discusión? ¿Qué pretendemos al gritar e insultar, qué el otro entienda nuestra postura o qué se ponga a la defensiva y no quiera escucharnos, además de estropear la velada y de levantarnos ambos en armas? Por ello es básico antes de comenzar a discutir, tener claros los objetivos de esta, pues si deseamos que nuestra pareja sepa cómo nos sentimos cuando llega tarde a todas nuestras citas, puede ser más efectivo no intentar atacarle provocando que se ponga le a la defensiva sino manteniendo un dialogo directo, sin criticas y ofreciéndole alternativas de conducta, como por ejemplo que nos avise con tiempo si ve que se le va a hacer tarde.


Así pues tener claros los objetivos de una discusión, sabiendo que lo que queremos es arreglar el problema y no causar más daño, es básico para que una pelea no aparezca. Debemos preguntarnos pues ¿Qué pretendo? ¿Cuál es m objetivo? Mi objetivo, ¿es hacer daño al otro o que entienda mis sentimientos? ¿Qué es más efectivo, gritar, insultar o atacar su personalidad  o decirle como nos sentimos por un hecho concreto y que conductas puede hacer para remediar nuestro malestar?


En el caso de que nosotros seamos los serenos, calmados, pacientes y que tengamos siempre claros los objetivos de nuestra discusión y es la pareja la que se nubla y se pierde entre la ira y el recelo, podemos plantearle la misma cuestión, con modales, tacto y de forma cariñosa, preguntándole: ¿Cuál es realmente tu objetivo, que nos enfademos o que solucionemos este problema? ¿Crees que de esta manera como lo estas planteando podemos llegar a escucharnos y solucionarlo? Insisto, siempre desde el cariño, respeto y alejados de la ironía y de una comunicación no verbal incoherente con la pregunta, si lo hacemos de esta manera y con un tono de voz suave, podemos desarmar a nuestra pareja y ayudarle a reflexionar sobre sus formas de llegar al objetivo real.

En definitiva si queremos mantener a raya las peleas con nuestra pareja, familiares y amigos, debemos tener presente cuál es nuestro objetivo a la hora de ponernos a discutir y no perderlo nunca de vista, aunque empecemos a acalorarnos, en este caso, para, reflexiona y pregúntate: ¿Qué pretendo con esta discusión? ¿Cuál es mi objetivo?, después podrás continuar más calmado y sobretodo más centrado.

viernes, 19 de abril de 2013

Libres y sanos

No me perteneces, libre es como sabes bien, libre y honesta, mi enfado es pueril aunque tus reacciones también, pero no puedo culparte por mi torpeza. Eres gigante, sana, y aunque te vendes como una egoísta recalcitrante, eres todo lo contrario, samaritana, benévola e indulgente, sabes caminar sin hacer sentir mal a los demás y ese es tu don.

A veces no entiendo las cosas y te pido paciencia pues cuando desenmaraño mis pensamientos, puedo ver claro y entonces es cuando vuelvo a necesitar tu libertad sumada a esta saludable interdependencia de querer vernos sin obligaciones, no como esas parejas que han perdido el rumbo y siguen vagando por el espacio llevadas por la inercia de su movimiento y que quedan para verse  sin saber por qué, para qué, de qué modo y en que versión.

No somos inercia y eso me encanta, somos peonzas que controlan su movimiento, autónomas, flexibles y con sentimientos, por eso quiero todo el bien que pueda caberme en mis esperanzas, para ti, porque si te enfadas nada tiene sentido entonces y se pudre la madera invisible de los andamios que nos acercan el uno al otro, andamios que hemos construido con sonrisas, juegos cómplices, conversaciones infinitas, sexo, caricias y miradas que nos delatan.

Todo lo que haces que te sienta bien quiero que sigas haciéndolo, porque no dañas a nadie y si alguien se ofende, no es por tu culpa, sino porque la inseguridad les delata, como me ha pasado a mí. Pero soy fuerte y comprensivo, quizás eso te atraiga de este personajito pues necesitas que alguien lleve la cordura de vez en cuando, para que tú puedas ser creativa y despreocupada.

Y cuanto más libres somos más cerca estamos el uno del otro, pues es esta sensación de libertad la que nos une, guía, relaja y atrae mutuamente. Me siento sano por ello, pues por fin predico con el ejemplo de tantos escritos pasados, tú me haces sentir sano y eso lo recordaré toda mi vida.

martes, 16 de abril de 2013

La tristeza postcoital. ¿Nos sentimos tristes por el vacío del sexo superficial o por la represión educativa sexual recibida?

La velocidad de los cambios sociales es innegable, los cambios de mentalidad, de acciones y conductas, nos hacen desviar el rumbo unas veces para mejor y otras para peor, pero no es cuestión de enjuiciar dichos movimientos, sino de comprenderlos, adaptarnos y sacar lo mejor de ellos.

Uno de los numerosos cambios que se están produciendo es a nivel sexual.  Algunos autores como la escritora Donna Freitas están empezando a hablar de “la cultura del polvo[1]”, enfatizando su poder de hacer desdichados a los que la practican. Esta “cultura del polvo” consiste en mantener relaciones sexuales basadas en la penetración y el orgasmo, de forma continúa con personas diferentes, con cuantas más mejor, sin buscar ningún tipo de compromiso, movidos más que por el deseo de hacerlo, por la presión social, que los empuja a dichos quehaceres, convirtiéndose en una forma de consumismo sexual caracterizado por la carencia afectiva y la tristeza post-acto, pues del atrevimiento y la incertidumbre pasamos al aburrimiento y la desidia promovida por la falta de empatía con el otro al que nos fusionamos corporal pero no emocionalmente. Por ello después de estos actos casi reflejos promovidos por la presión, subyacen estados de tristeza a los que podemos denominar como “tristeza postcoital”.

Podemos definir la tristeza postcoital como un estado emocional negativo, caracterizado por el desconsuelo que produce mantener relaciones sexuales sin cariño, afectividad o el suficiente conocimiento mutuo. Esta falta de compenetración, empatía y entendimiento con el desconocido al que desnudamos, promueve en la persona sentimientos de culpa una vez terminado el acto sexual, pues este encima se basa únicamente en la penetración y el orgasmo y no deja espacio a la comunicación y a la expresión erótica en un sentido amplio, lo que hace que la relación sea aun más fría y superficial.

¿Pero puede que esta tristeza postcoital sea únicamente un reflejo residual de nuestra educación sexual represiva, que nos empuja a sentirnos mal por practicar sexo con desconocidos? ¿No somos tan libres como creemos y nuestra conciencia no nos deja mantener relaciones con quien deseemos aunque no le conozcamos? ¿Dónde están los límites entre nuestra libertad, las relaciones sanas, los sentimientos de culpa y la tristeza postcoital? En definitiva ¿mantener sexo con desconocidos nos produce tristeza postcoital porque realmente es un acto vacio o por la represión educativa que hemos ido arrastrando y que ha quedado grabada en nuestro consciente y/o inconsciente?

Quizás como casi todo en la vida, sea una suma de variables, pues practicar sexo superficial con desconocidos, puede dejarnos con ese sentimiento de vacío y tristeza por el mero hecho de llevarlo a cabo y que por otra parte, el pepito grillo de nuestra conciencia, basada en la educación sexual represiva, nos diga que estas cosas que hacemos no son las correctas.

Lo que sí está claro es que estos sentimientos postcoitales son más normales de lo que parecen y son muchas las personas que necesitando afecto, buscan descargar sus tensiones con relaciones sexuales, aun cuando en sus corazones lo que habita sea un deseo de conexión con el otro, pero esta conexión no se genera en una noche de copas, sino que necesita  más tiempo para alcanzarse, por lo que al final se recurre al sexo rápido basado en la penetración como excusa de un acercamiento que no va más allá de lo táctil y efímero, es como soñar con un ágape y conformarse con un dátil. Pero de dátiles no vive el ser humano y al final flaquea desnutrido, pidiendo otra cosa y manifestando su enfermedad con los comentados sentimientos de culpa y tristeza.

El debate, si es que existe tal debate, se encamina hacia la elección autónoma de mantener relaciones eróticas esporádicas con desconocidos libre de culpa o la búsqueda de algo más emocional y empático para acallar esta tristeza postcoital que a veces nos invade.

Lo importante será mantener relaciones, sean esporádicas o no, que realmente nos llenen, conociendo y aceptando las consecuencias, sintiéndonos libres, autónomos y en definitiva equilibradamente sanos, sea como sea esta relación erótico-sexual.

DELIRIOS Y LOCURA

DELIRIOS Y LOCURA

Delirios y otros problemas

Bienllegados a la pagina donde todos vuestros delirios serán recompensados con miradas de incomprensión y rechazo amable.
Nos movemos incesantemente por sendas incautas, ataques de locura anonimos y vulgaridades encendidas por el alcohol de cualquier cantina.
No vengo a vender nada de valor ni a regalar una sonrisa verdadera, vengo para quedarme sentado mientras tu disfrutas de la ignorancia de los demás.
Vengo para quedarme sentado entre tus historias de a media tarde, para escucharlas, leerlas y enmudecer al ver que todos somos tan parecidos, tan complejamente simples.....
Me siento y te escucho. Sientate y escuchate. Sentemonos a escucharnos.Escuchame si puedes.