martes, 13 de septiembre de 2016

El error fundamental de la postura sexual del 69 desde la visión del mindfulness.

Nuevos vestigios culturales nos acompañan cruzando desde occidente a oriente y viceversa. Entremezclamos saberes en esta nueva cultura globalizada. La diversidad se hace patente cuando nuestros memes[1] y genes revolotean de un lugar a otro, desde el punto cero hasta sus antípodas. Nuestras formas de pensar, de creer, de actuar se modifican, sobre todo en aquellas mentes plásticas, que desean absorber, criticar e interiorizar. Nuestra sexualidad, pese a ciertos intentos malintencionados de momificarla, también es plástica, también cambia, mediatizada por estos devenires científicos en ocasiones, y/o meramente por modas populares.

Descansaba en el suelo pedregoso del Festival Rototom Sunsplash[2], observando la charla que Orlando Rodrigo, instructor de meditación y terapeuta transpersonal, daba sobre mindfulness[3]. Comentaba que el ser humano nunca se detenía a pensar en su presente, en el ahora, que siempre vivimos, o bien, anclados al pasado o pensando en qué vamos a hacer mañana. Nunca nos detenemos en el aquí, en cómo me siento ahora, qué estoy viviendo, qué percibo. Nos dejamos invadir por los estímulos, tenemos la mente en mil sitios, no saboreamos nada. No nos detenemos a paladear el café de la mañana, solamente, sin leer periódicos, ni charlar, ni ver la televisión, únicamente concentrándonos en el sabor amargo y dulce, degustando cada sorbo.


Para que entendiéramos hasta que punto hay que disfrutar del ahora, centrándonos tan solo en aquello que hacemos, nos ponía el ejemplo de que hasta para ir al baño a defecar, nos llevamos libros, móviles o cualquier elemento para pasar el rato, en vez de detenernos en disfrutar del hecho tan humano-animal y placentero que es expulsar nuestros excrementos. No somos capaces de poner nuestra conciencia plena en nada de lo que hacemos.

En ese instante, me surgieron dudas sobre ciertas posturas sexuales que quizás no puedan disfrutarse completamente,  puesto que debemos hacer varias cosas a la vez y nos cueste poner la atención plena en lo que estamos sintiendo. Me vino a la cabeza la postura del 69.

Como sabemos, en esta postura practicamos un doble “sexo oral” (felación-cunnilingus, felación-felación, cunnilingus-cunnilingus), requiere por tanto la participación de dos personas para llevar a cabo dicha postura placentera. Si atendemos al hecho, de que para mantener la conciencia plena, debemos detenernos en aquello que estamos haciendo o sintiendo, dejando otros estímulos fuera, para realmente sentir un gozo centralizado ¿es posible estar en lo que se está, si al mismo tiempo que paladeas el manjar que tienes delante, tienes que estar atento a las caricias húmedas que estas recibiendo?

Desde la visión del mindfulness, posiblemente nos estén avisando de que quizás esta carismática postura, no es la ideal para sentir un goce completo, pues al mismo tiempo dos placeres tan intensos pueden estar dificultando la conciencia plena de lo que nos llevamos entre manos (bocas). Puede ser más placentero concentrarte en practicar por entero un cunnilingus, que la otra persona lo sienta plenamente, que tú degustes siendo consciente de lo que haces y cómo lo haces y después, si ambos lo desean, recibir tú esas caricias placenteras ¿Ha sido toda la vida un timo esto del 69? ¿Se pueden hacer dos cosas a la vez sintiéndolas plenamente? ¿Hemos sido conscientes de este “medio-disfrute” o realmente es una exageración lo que nos propone el mindfulness?


Sea como fuere, toda práctica llevada a cabo desde la elección mutua, desde el respeto a uno mismo y al otro y desde la visión erotofílica del placer sexual, es bienvenida, “bienpracticada”. Podemos incluir o no el “69” en nuestras vidas, siempre que disfrutemos, que despleguemos nuestro potencial mapa erótico, que hallemos placer en dar y recibir, sea este plenamente consciente o no.


[1] Este término fue acuñado por Richard Dawkins en su libro “El gen egoísta” para designar a la unidad de información cultural que los seres humanos vamos transmitiéndonos, como paralelismo al término genes.
[2] Festival de reggae que se celebra en Benicàssim.
[3] “Mindfulness es una cualidad de la mente o más bien la capacidad intrínseca de la mente de estar presente y consciente en un momento determinado, en un momento en que cuerpo y mente se sincronizan totalmente en un instante de realidad presente” (Instituto Mindfulness, 2011).

viernes, 9 de septiembre de 2016

La Filiolatría. Cuando la mirada de atracción del otro, provoca que nos atraiga.

El ser humano es capaz de enamorarse de múltiples maneras. De la explotada maniobra fílmica, denominada “flechazo”, hasta la tranquila y lánguida amistad que se transforma en un deseo de conocer al otro, desde otra vertiente más erótica. Incluso, podemos sentir algo en el mismo instante que vemos en los ojos del otro, un atisbo de atracción hacia nosotros. Es lo que podemos denominar como filiolatría o adoración de la atracción.

Podemos definir filiolatría como la adoración que sentimos al percibir en el otro, una atracción física hacia nosotros. Es en ese instante, cuando nos damos cuenta, que el otro puede ser una fuente de atracción erótica. Este fenómeno puede explicarse desde tres vertientes: desde la isopraxis, desde la comunicación no verbal visual y desde el poder de la expresión emocional.

Entendemos por isopraxis  la imitación corporal que hacemos del otro. Esta aparece de manera espontánea (quinésica) y no mímica, es decir es involuntaria y se produce cuando el otro nos agrada. El ser humano suele imitar los movimientos de las personas que nos atraen o interesan. La isopraxis provoca que veamos a la persona, que nos está imitando involuntariamente, como no agresivo, de nuestro bando, próximo, por lo que puede inducir a que sin saber porqué, esta nos caiga bien o nos atraiga.  Por esta razón puede producirse un doble juego de atracción. El otro nos mira con deseo erótico y al percibirlo, entonces y solo entonces, empezamos, por isopraxis, a sentirnos atraídos por él. Quizás, antes nos pasó desapercibida o incluso la habíamos avistado, pero no nos resultó atrayente, hasta que no nos fijamos en cómo nos miraba.

Desde otro ángulo, este tipo de atracción puede aparecer después de una breve comunicación no verbal de tipo visual. Diversos estudios han constatado que cuando algo o alguien nos atrae, nuestras pupilas se dilatan con el afán de captar, de una manera más nítida, aquello que acontece, en este caso, la cara de la persona que nos gusta. En el instante en el que observamos al otro mirándonos con sus pupilas dilatadas, puede que provoque en nosotros cierta atracción. Esto lo corroboran otros estudios sobre la fuerza de las pupilas dilatadas, en la atracción inicial. En esta investigación, a unos sujetos (dos grupos) se les dio a valorar la belleza de la cara de otras personas. Al primer grupo, se les suministraron unas imágenes de rostros sin pasar por el photoshop y al segundo grupo, imágenes con rostros, en las que habían sido retocadas las pupilas, agrandándolas. Los resultados mostraban que cuando las pupilas habían sido ampliadas, estas personas eran percibidas como más atractivas. Sólo tenemos que recordar, los ojos agrandados del gato de la película Shrek, cuando nos manipula para parecer entrañable y zalamero. Al mirarnos, con sus pupilas dilatadas, la persona que  siente atracción por nosotros, puede inducirnos a que se nos despierte algo por dentro y sentir, en ese preciso instante, una mutua atracción.

Por último, el fenómeno de filolatría puede provenir de las emociones y las neuronas espejo. Estas neuronas son las que hacen que el ser humano sea empático, pues al ver las emociones en los demás, provocan reacciones similares en nosotros. Son las causantes de que una película de miedo, nos de miedo (si es relativamente buena) o que cuando vemos al protagonista pasarlo mal, nos aparezca ese incómodo nudo en la garganta. Estas neuronas nos ayudan a captar e interpretar las expresiones faciales en los demás. Nuevas investigaciones apuntan, que una de las cosas que nos atraen de los demás, son las expresiones de sus emociones. Nos resultan más atrayentes las personas expresivas que las que tienen una belleza estandarizada. Si tuviéramos que elegir entre una persona bella pero poco expresiva y otra no tan agraciada pero más expresiva, muchas personas seleccionarían esta última propuesta. Ver en el otro una expresión de atracción hacia nosotros, puede provocar que al ver ese rostro, nos sintamos atraídos, por el hecho de que las expresiones emocionales de los demás nos atraen y más si esa expresión la hemos incitado nosotros.

La filolatría, es un fenómeno fugaz, de un aparente ensimismamiento y egocentrismo, pues nos acaba atrayendo aquella persona que se siente atraída por nosotros, por el mero hecho de mostrarlo con su rostro o sus gestos. Puede que estemos preparados para advertir que el otro siente algo hacia nosotros. Pero no podemos olvidar, que la atracción erótica solo es un paso más hacia cumbres más profundas. La filolatría puede llevarnos a un espejismo fraudulento, y lo que sentimos en un instante, en otro instante, aun más fugaz, lo haga desaparecer. 

jueves, 26 de mayo de 2016

Relaciones de pareja del siglo XXI: la monogamia serial o sucesiva. Pros y contras.

Las relaciones de pareja, tal y como las concebimos en la actualidad, son un hecho muy reciente. Apenas hemos comenzado a entenderlas y muchos son los tropiezos, sinsabores y contriciones en los que nos vemos abocados a vivir, pues aun no comprendemos como manejarnos con el otro, desde el nosotros.

La concepción de relación de pareja del siglo XXI, basa su premisa esencial, en dos conceptos: el sentimiento de amor hacia el otro y la libre elección. No concebimos mantener una relación interpersonal que se asiente en la coacción. Nadie nos impone con quien debemos relacionarnos, ni mucho menos anidarnos eróticamente. Hoy, sin amor y sin libre elección, no hay vínculo aceptable.


El comienzo de este cambio, en lo referente a las relaciones de pareja, surgió en la época del renacimiento (XV-XVI). Este movimiento cultural apostaba por la búsqueda y defensa de la felicidad individual. Entre esta felicidad, se encontraba, la libre elección de pareja, animándonos a encontrar, aquella que nos hiciera más feliz, desde la atracción erótica y no desde la elección impuesta por el clan familiar.

Con la llegada del capitalismo moderno, se entiende el matrimonio por amor como un derecho humano de mutua libre elección, basado pues, en el sentimiento amoroso. Así es como hoy entendemos las relaciones de pareja.

A estos cambios históricos hemos de añadirle tres hitos, que repercuten en la independencia y empoderamiento femenino: la búsqueda de la igualdad entre hombres y mujeres,  la aparición de la píldora anticonceptiva y el asentamiento del divorcio como mecanismo para la disolución del matrimonio.

Con el auge del feminismo (finales del siglo XIX) hombres y mujeres empiezan a considerarse iguales. Seres humanos bajo las mismas condiciones y estatus. En lo que respecta a las relaciones de pareja, si estas están basadas en el amor mutuo y la libre elección, han de tener una premisa obligada: ninguno de los dos miembros debe ser superior al otro, puesto que el amor ha de basarse en la simetría. Si uno de los miembros de la pareja se cree superior, la relación como tal deja de ser simétrica, convirtiéndose en tóxica. Desde la nueva perspectiva tanto renacentista como feminista, una relación no puede basarse en la asimetría de poder adquirida unilateralmente por uno de sus miembros.

La píldora anticonceptiva (1960), ha sido el otro gran hito para el empoderamiento femenino. La década de los 60, fue un tiempo histórico para la concepción moderna de las relaciones de pareja, pues gracias a la píldora, las mujeres eligen cuándo y cómo mantener relaciones eróticas, basadas en funciones diferentes a la mera reproducción. La sexualidad se libera del reduccionismo reproductivo y se abre el camino al placer. El nuevo concepto de relación de pareja basado en la atracción, libertad y consentimiento mutuo, comienza su andadura hasta nuestros días.

El divorcio (1981 en España) propició entender las relaciones desde la disolubilidad del matrimonio. Ya no estamos obligados a permanecer unidos hasta el día de nuestra muerte, pudiendo elegir la separación y/o el divorcio respectivamente. 

Hoy nos encontramos con este tipo de relaciones. Nuevas, esperanzadoras, y más que presumiblemente necesarias, con respecto a la arcaica historia de la humanidad, pero también por ello, en ocasiones, tambaleantes y difusas, pues no son pocos los nuevos conflictos y sinsabores que se originan desde la perspectiva del amor romántico.

Aun así, hemos logrado alcanzar la libertad de elección, la posibilidad de separarnos de las personas que no nos hacen bien, de mantener relaciones eróticas basadas en algo más allá de la reproducción, de la simetría de poder en las relaciones de pareja. Una gran revolución, que debe seguir manteniéndose, por la que merece la pena luchar. Por este motivo, debemos tener en cuenta un tipo de relación que acontece en la actualidad, provisto de  pros y contras, las cuales pasaremos a desgranar: las relaciones basadas en la monogamia serial o sucesiva.


Con la suma de todos estos momentos históricos e hitos, nace un tipo de relación de pareja (entre otros, que no son objeto de este artículo) que se asienta en la mutua fidelidad, mientras dure el sentimiento de pasión y las ganas de intimidad. Mientras persista el enamoramiento. La idea central de la monogamia serial podría describirse como: “Estoy contigo mientras sienta esa chispa, cuando esta se difumine, dejo la relación y cambio de pareja”. Por lo que podemos definir monogamia serial como aquella relación que se basa en la pasión y la intimidad inicial (amor romántico para los autores anglosajones) y una vez acabada o mermada esta pasión, el miembro de la pareja decide abandonar y buscar otra nueva relación.

La fase pasional, es en la que se basan estas nuevas parejas, cuando el enamoramiento decrece, decrece con él, el interés en mantener la relación. Es la búsqueda del placer pasional sobre la gratificación a largo plazo, del sentimiento de unión y compromiso con el otro.

Como Martin Seligman (2011) en su libro “La autentica felicidad”, diferencia entre placer y gratificación, así mismo podemos hacer nosotros en lo relativo a las relaciones de pareja. Para este autor, el placer es algo fácil de adquirir, no cuesta trabajo, produce un efecto agradable inmediato y es breve en el tiempo. Por el contrario, las gratificaciones, a corta distancia no producen un efecto agradable, son más costosas, requieren tiempo, esfuerzo y necesitan de atención constante. A largo plazo, vivir tan solo del placer produce un vacío existencial, pues no avanzamos, no maduramos, no adquirimos experiencias nuevas valiosas. Sin embargo con las gratificaciones, acabamos sintiéndonos bien con nosotros mismos, adquirimos nuevas competencias, sentimos que crecemos. Hemos evolucionado. Un placer es deleitarse con una onza de chocolate, algo efímero que se saborea por los sentidos, una gratificación es aprobar unos estudios, después del esfuerzo que estos conllevan. Quedarnos viendo la televisión, es un placer, salir a hacer deporte, una gratificación.

En cuanto a las relaciones de pareja, un placer es obtener un orgasmo, o vivir los inicios apasionantes, pues estos conllevan poco sacrificio. Una gratificación, es luchar por una relación que merece la pena, a pesar de las sucesivas crisis que se irán atravesando (luchar siempre y cuando no estemos metidos en una relación toxica o asimétrica).

Las personas que se nutren de esta monogamia serial, viven el presente, del placer que les producen esos inicios fulgurantes cargados de pasión e intimidad, pero cuando esta se agota, termina con ellos el “falso compromiso” que parecían estar adquiriendo junto al otro. Viven por y para las experiencias placenteras iníciales, desilusionándose cuando la idealización comienza a declinar.  Y aunque cada uno es libre de elegir el tipo de vida que desea llevar, parece que ciertas personas, acaban acudiendo a terapia, pues este camino, les acaba conduciendo a un vacío existencial, cegados en el placer, y yermos en gratificaciones.

Por otra parte, la monogamia serial tiene algún pro matizable. Este es: la idea de permanecer con una sola pareja, sin cometer infidelidades explicitas, mientras se mantiene el vínculo. Podemos entender esta, como más ética, que las relaciones que se basan en una aparente fidelidad perenne e inmortal, pero que en realidad, andan preñadas de engaños, subterfugios e hipocresía, y más si cabe, si estas infidelidades se llevan a cabo unilateralmente, y una parte de la pareja, yace en el engaño y la falsa creencia de vivir en una relación mutuamente comprometida y fiel. La monogamia serial, al menos, promete fidelidad mientras permanezca la chispa. Es menos hipócrita.

Sin embargo, para evitar, este futuro sentimiento de vacío existencial, presumiblemente venidero, y para no ir dejando continuos cadáveres humeantes de odio y desamor a ambos lados de nuestra carrera amorosa, proponemos, el interesante concepto que Antoni Bolinches (2001), describe en su libro “Sexo sabio. Cómo mantener el interés sexual en la pareja estable”. Para este autor, la clave sería abandonar la monogamia serial y abrazar la denominada “monogamia selectiva”. Bolinches la define como el tipo de monogamia que “intenta seleccionar mejor la idoneidad de sus componentes y está dispuesta a trabajar para acoplarse (…) antes de caer en el recurso fácil de separarse (…) se plantee primero mejorar la dinámica interna de la pareja”.


Esta monogamia selectiva se consigue en primer lugar, a través del autoconocimiento y la aceptación de uno mismo. Si uno alcanza a comprender el valor de su propio conocimiento, acepta sus virtudes y reconoce sus defectos, sabe vivir en soledad, no necesita al otro para llenar su vida, sino que esta, ya permanece completa, es en ese instante cuando uno puede seleccionar con mayor idoneidad con qué tipo de pareja puede acoplarse afectiva y sexualmente de manera positiva y no toxica.

 La monogamia selectiva implica la madurez y responsabilidad de escoger a una pareja, no por la mera atracción sexual inicial, sino que va más allá de este aspecto fugaz. Uno es responsable de la pareja que escoge, de su propia capacidad de amar, de comprometerse y de esforzarse por ir solventando los problemas por los que toda relación atraviesa, sabiendo que el enamoramiento es solo una fase placentera del proceso hacia la gratificación posterior, de lograr una unión con el otro, basada en el esfuerzo mutuo, la comunicación fluida y las ganas de innovación moderada.

Hay muchas maneras de relacionarse, de vivir en pareja, de entender el amor. En este artículo, solo deseamos esbozar una dicótoma, entre dos tipos de monogamia, para aquellas personas que desean vivir en ella. Sin animo de menospreciar otras formas de convivencia.  Somos libres de ir buscando el camino que nos reporte la mayor gratificación. Lo importante es, que en el transcurso de este camino, uno no vaya dejando pedazos de sí mismo, avocándose al vacio interno. Vacio que podemos evitar, conociéndonos mejor a nosotros mismos, pues esta es la clave del amor saludable.

domingo, 27 de diciembre de 2015

La competencia sexual masculina: la promesa continuamente incumplida.

El hombre que solo goza de su miembro viril en el acto sexual, está destinado al continuo fracaso de una esperanza que nunca llega: el débil clímax de su orgasmo. El orgasmo basado en el pene, es una suerte inconclusa que le deja desesperanzado, abandonado y semifrustrado.


Antoni Bolinches en su ponencia “la competencia sexual como fuente de autoafirmación” efectuada en Málaga (2015), en las IV JORNADAS DEACTUALIZACION EN SEXOLOGÍA, exponía que la competencia sexual es la capacidad de disfrutar y de dar disfrute al otro/a, siendo está capacidad la que más tarda en desarrollarse en el ser humano pues necesitamos experiencia, una cantidad suficiente de encuentros eróticos con un balance positivo para que esta nos reporte una autoafirmación equilibrada. Pero ¿qué ocurre si el hombre basa su competencia sexual tan solo en la virilidad de su miembro fálico?

El mismo autor, expone que para que se produzca satisfacción sexual debe haber un equilibrio entre la inversión energética y el disfrute alcanzado. Es decir, si los movimientos sexuales, con el gasto energético que conllevan, comienzan a superar la sensación de disfrute, la excitación sexual empieza a declinar, pues el esfuerzo es superior al goce. Cuando el acto se vuelve mecánico pierde su potencial erótico y se convierte en mero ejercicio físico, basado en la musculatura eréctil del pene, reforzado todo este proceso por la creencia errónea (mito sexual) de que el hombre es más macho cuanto más dura la relación sexual, cueste esta lo que cueste y a expensas del propio placer erótico. Entonces, la mecánica supera a la imaginación y la promesa de la explosión orgásmica se difumina, se pierde dentro del mismo funcionamiento; el “fin último” llega desposeído de energía erótica; es un balón desinflado que no da más juego del que prometía. Cuando la meta no es el orgasmo sino el goce del roce del cuerpo bañado en la imaginación de dos seres que juegan, la mecánica se desvanece, el pene pierde su papel protagonista y puede surgir el estallido anhelado.


Como afirma José Antonio Marina en su libro El rompecabezas de la sexualidad”:

“La relación sexual para el hombre es la historia siempre dramática de un ser que quiere gozar del cuerpo de una mujer y acaba invariablemente por gozar de sus propios órganos. Y lo menos que puede decirse del placer masculino es que es breve y débil. La eyaculación es una promesa incapaz de ser mantenida; el hombre tiene la impresión de que alzará el vuelo y estallará, pero se desploma, se derrumba, se ahoga (…) En relación a lo que esperaba, no es eso, la crisis más intensa y al mismo tiempo más insignificante, fácil de obtener, rápida de satisfacer, pobre en sensaciones”.

 El hombre busca sexualidad, pero corre el riesgo de encontrar desilusión. Ha de cambiar el mapa de sus prioridades y empezar a dar sentido a todo su cuerpo. No es una máquina de provocar goce, no es un esclavo de la erección, es un ser con miles de milímetros de piel por recorrer y recorrerse.

Cuando solo tiene en cuenta una parte de su cuerpo, el orgasmo es menos orgasmo y la fantasía una falacia. Mira con encanto y a la vez con sorpresa y estupor la fuerza orgásmica de su compañera, la duración efímera y a veces banal de su propio clímax, le hace envidiar el estallido fulminante de ella, que en comparación, parece eterno y continuo. El suyo no es más que un leve espasmo débil. La diferencia es abismal si solo tiene en cuenta un órgano con capacidad eréctil y olvida el conjunto de piel que le envuelve. Cuando sea capaz de pasar de la mecánica a la erótica, dejará de envidiar lo que aun no es capaz de conquistar: su propia sexualidad. 

jueves, 5 de noviembre de 2015

Sistema de cuidados en la pareja. Una vinculación necesaria para las relaciones amorosas.

Cuidar y ser cuidados, es una necesidad convertida en costumbre para el ser humano, desde que nacemos. Los neonatos son seres completamente indefensos que necesitan de un sistema de vinculación sustentado, evolutiva, fisiológica, cultural y socialmente, con el objetivo de promover el cuidado, afecto y atención necesarios para que los recién nacidos tengan cubiertas sus necesidades vitales y afectivas.


Esta vinculación nace desde la asimetría, damos todo al recién nacido sin esperar nada a cambio, bueno, hay que apostillar que, la sonrisa del bebé que mira a la madre/padre, le obnubila y llena de júbilo, siendo un gran reforzador del vinculo. Nacemos con la necesidad de vincularnos, pero ¿llegamos a perder esta necesidad en algún momento de nuestra existencia?

Somos seres sociales, tan sociales, que si estuviéramos solos en el mundo, a nuestro cerebro le resultaría muy difícil seguir configurado en el modo cordura. Las personas con necesidades afectivas, que tienen poco contacto con otras personas, desarrollan la costumbre de hablar en voz alta para sí mismas, posiblemente para seguir estimulando el cerebro, pues necesitamos continuos estímulos para no caer en la enajenación. Somos sociales por placer y por pura necesidad.

Dejada atrás la niñez, parece que uno de los grandes esfuerzos mentales de los recién llegados a la pubertad, es buscar pareja. Encontrar un vínculo especial, que les ayude a expresar sus emociones, sentimientos, a reafirmar su autoestima. Un lazo exclusivo que les introduzca en el mundo del amor y del cuidado del otro. Parece que seguimos necesitando una vinculación concreta con otro ser humano. Y para que esta vinculación tenga consistencia ha de apoyarse en lo que conocemos como sistema de cuidados de la pareja.


Entendemos por sistema de cuidados de la pareja al conjunto de comportamientos que promueven el cuidado, protección y demostraciones de afecto para que nuestra pareja sienta bienestar a nuestro lado. Ambos miembros de una pareja  están atentos, cuidan y manifiestan sus sentimientos, de tal modo que se produce un mutuo bienestar, procurando que la relación sea equitativa y justa, evitando la explotación del otro, la violencia y cualquier tipo de agresión. Por desgracia, como bien sabemos, no en todas las relaciones de pareja aparece este sistema de cuidados (violencia de género, maltrato psicológico y físico, indiferencia ante los problemas del otro, odio…) siendo una ausencia grave en las relaciones tóxicas asimétricas.

Cada pareja establece el grado de simetría afectiva que desea, puede que un miembro de la pareja desee dar mucho pero se contenta con recibir poco o que ambos deseen dar mucho y recibir mucho, etc. Estos vínculos son respetables siempre que cada miembro sienta que no se están violando sus derechos humanos y sexuales, pues en el caso de sentirse agraviado, violado o en inferioridad, automáticamente, deben de reajustar su manera de comunicarse para alcanzar de nuevo la equidad deseada (equidad que puede ser real o percibida subjetivamente). Preferimos, en este caso, hablar de equidad y no de igualdad, pues esta refleja lo que cada parte de la pareja necesita del otro, siendo en algunos casos, necesidades no igualitarias.

Parece claro pues, que seguimos queriendo vincularnos a otro ser humano durante toda la vida. Sin embargo, otros autores, se resisten a este hecho. Parten de la hipótesis de que el apego o la necesidad de vinculación, es una necesidad que nace desde el egoísmo, provocando que veamos al otro, no como un ser humano libre, sino como un objeto a amar, una posesión. Argumentan que para amar de verdad debemos separarnos y superar la necesidad de vinculación queriendo al otro desde la más pura e inmensa libertad. No hay un vínculo de apego que les une, están con el otro, por encima y a pesar de la necesidad humana de apego. Para amar, hay que despojarse de la necesidad de poseer al otro. Sin un vínculo de apego se consigue un amor más puro y real. Es un enlace más espiritual que material “yo soy libre, tu eres libre”. Desde esta visión, el apego viene diseñado como un sistema egoísta de vinculación, que se nutre de la necesidad de necesitar al otro para sobrevivir, para ser feliz, perdiendo la autonomía y la capacidad de ser independiente tanto afectiva como físicamente. Nos invitan a que aprendamos a desapegarnos, a perder los vínculos con las cosas materiales que nos atrapan, pues en este caso, utilizamos al otro como un bien material más y no como un ser humano libre e independiente. Un pensamiento o  corriente, posiblemente, más utópica que real.

Quizás lo más sensato es estar en un punto medio, lo que podríamos llamar como interdependencia afectiva. En la cual existe el sistema de cuidados de la pareja, pero no se pierden en él. Cada miembro mantiene otras actividades y afectos que cubren sus necesidades, separados de la pareja. La pareja no lo es todo, mantenemos vínculos afectivos con amigos, familiares, vecinos, que también refuerzan nuestras ganas de comunicarnos y vincularnos. Tenemos hobbies, trabajos, otros quehaceres que podemos llevar a cabo sin la necesidad constante de ir en pareja. Conseguimos una balanza entre nuestra independencia y la necesidad de vinculación especial o concreta con otro ser humano. Damos amor, recibimos amor, dejamos espacio, nos otorgamos espacio. Convivimos con el otro sin perdernos a nosotros mismos y sin que el otro se pierda en nosotros. 

viernes, 9 de octubre de 2015

La lucha interna del sexólogo: entre lo científico, lo divertido y lo chabacano.

A todos nos interesan los temas que tratan de sexo, pero puede que no de la misma manera. Nuestros muros de facebook, la televisión, las revistas, los periódicos, los programas de radio, todos los medios de comunicación suelen dejar un buen espacio para la temática sexual, ya sea contratando profesionales sexólogos, humoristas o tertulianos, a través de charlas animosas, que en la mayoría del tiempo, están basadas en posturas y creencias pseudocientíficas. La sexualidad, el sexo, está en boca de todos, todos opinamos, pero por desgracia no todos sabemos, pues en la mayoría de los casos la lógica es enemiga de la ciencia.

Félix López. 
El sexólogo o, mejor dicho, el especialista en sexología, pues aun no existe un cuerpo específico como para poder denominarnos como tales, es un ser que trata la sexualidad de una manera amplia y holística. Se rige por patrones basados en el método científico, aprende lo que otros investigaron desde antaño (Masters y Johnson, Kinsey, Kaplan) hasta nuestros días (Félix López, Francisco Cabello…) e interioriza una manera de entender la sexualidad desde un modelo integrador y ecléctico. Pero hoy, este sujeto, hijo de la ciencia, abre un debate consigo mismo, remueve sus fueros internos, tratando de delimitar donde están los límites entre lo científico, lo divertido y lo chabacano.

Parece que en el transcurso de los años, los sexólogos aprendemos que es lo que vende, y esto puede quedar algo apartado del modelo integrador-científico, acercándose a posturas más radicales de corte revolucionario, lo que entendemos en nuestra jerga como sexología revolucionaria. El objetivo de esta es, que todos los seres humanos se conviertan en máquinas del sexo, en tener mejores orgasmos, en cómo hacer mejores felaciones/cunnilingus. La idea central podría describirse usando pocas palabras, como: “el que no se masturba es tonto”. Ahí fuera, todo se llena de cursos, talleres, charlas, artículos de revistas, blogs,  impregnados de esta postura revolucionaria, que antes o después llegará a  saturar al lector, al realizador de cursos y al público en general.

La barrera entre lo científico y la chabacanería se difumina. Podemos hacer talleres utilizando el sentido del humor, pobre de aquel educador, profesor, docente que no use el sentido del humor en sus clases y más pobres, los alumnos, público, discentes, que entre bostezos, mostraran el interrogante de cómo un tema tan interesante, este profesor/educador, lo puede convertir en un suplicio inaguantable. La ciencia ha de convertirse en el mejor amigo del sentido del humor, juntas pueden llegar más lejos, a más oídos, a más ojos y en definitiva a más cerebros. Son un complemento, tan necesario, como para el invierno un abrigo acogedor. Pero la barrera empieza a difuminarse cuando para atraer al público, utilizamos ganchos que rompen la estética científica, cuando rebajamos o reducimos una ciencia, tan maravillosa como es el estudio de la sexualidad, a la pura anécdota, cuando lo que prima es atraer al público antes que dar un mensaje útil, riguroso y positivo.

Es presumiblemente cierto, que cuando hacemos unas jornadas crudamente formales, con temáticas sexuales ensambladas en palabrería científica, ahuyentamos al público en general. Lo ideal es poder atraer tanto a expertos refinados como a personas de la calle que desean aprender algo riguroso pero agradable, sobre sexualidad. Este equilibrio, puede parecer sencillo de alcanzar, pero se torna una tarea ardua.

Nos debatimos continuamente entre, elegir un título con gancho, aunque luego la temática real no vaya de eso, es decir, vamos a engañar un poco al público, haciendo honor a Maquiavelo, les engañamos un poco, pero es por su bien, así vendrán y aprenderán verdades como puños. O poner un título, sin salsa pero real y científico, el cual, solo leerlo puede causar astenia primaveral.

Lo importante, sería intentar solidificar la labor y el rol del sexólogo, no nos convirtamos en chistes andantes. Nadie puede tomar una profesión en serio, si los profesionales son motivo de mofa. Crear talleres, charlas, jornadas titiriteras promueve que el colectivo posea una imagen mental de nosotros, burlona y chabacana. No enraicemos esta creencia, no provoquemos más profecías autocumplidas. Tomémonos en serio nuestra maravillosa labor, con humor, pero desde el rigor y la búsqueda de la verdad como bandera primigenia. 

sábado, 5 de septiembre de 2015

La importancia de la inteligencia emocional en las relaciones de pareja.

Si las emociones juegan un papel primordial en la vida cotidiana, moldeando nuestras respuestas ante las situaciones que nos acontecen, en las relaciones de pareja, las emociones son el anclaje que da sentido a nuestra elección de empezar, continuar o poner fin a tal idilio romántico. Son el núcleo, el alma mater que nutre y sustenta nuestro comportamiento amoroso.

Por ello, la inteligencia emocional, se convierte en una herramienta indispensable para toda relación de pareja que no quiera caer en la toxicidad, la incomprensión y la impulsividad. Pero ¿qué entendemos por inteligencia emocional?

Son varias las teorías más influyentes y contrastadas sobre inteligencia emocional. Sin ánimo de ser exhaustivo, vamos a exponer dos de las más  acreditadas por el mundo científico:

·         Mayer y Salovey entiende la inteligencia emocional como: “la capacidad para percibir, valorar y expresar las emociones con exactitud; la capacidad para acceder a, o generar sentimientos que faciliten el pensamiento; la capacidad para comprender las emociones y el conocimiento emocional; y la capacidad para regular las emociones promoviendo el crecimiento emocional e intelectual”
·         Para Bar-on, la inteligencia emocional se divide en cinco grandes áreas: Inteligencia intrapersonal: asertividad, autoestima, independencia; inteligencia interpersonal: empatía, relaciones interpersonales; adaptabilidad: solución de problemas, flexibilidad; gestión de estrés: tolerancia al estrés y gestión de impulsos; estado de ánimo general: optimismo y felicidad.

Podemos decir que una persona posee inteligencia emocional cuando sabe gestionar una serie de competencias emocionales:

1.       Conciencia emocional: la persona conoce sus emociones, piensa en ellas, se pregunta por ellas, posee capacidad de introspección y reconoce las emociones en los demás, observa adecuadamente las emociones en la pareja. Un miembro de una relación de pareja que posee conciencia emocional, es aquel que cuando siente una emoción, es capaz de identificarla y darle el valor apropiado. Y no solo autoidentifica sus emociones, sino que es capaz de estar atento a las emociones de su pareja, puede identificar como se siente la otra persona y en consecuencia, puede actuar acorde a esta emoción.

2.       Regulación emocional: su respuesta es apropiada al contexto. Es la conducta opuesta a la impulsividad. Son personas con una alta tolerancia a la frustración, no se dejan arrastra por las emociones, las controlan, pero no las reprimen. Un miembro de una pareja que posee regulación emocional, ante un conflicto o discusión, no se deja arrastra por las emociones negativas, controla su ira y no responde impulsivamente. Sabemos que cuando nos dejamos llevar por una emoción negativa podemos caer en el error de responder con un ataque impulsivo, poco meditado, haciendo un daño en el otro, que en realidad no deseamos. Cuando baja nuestro nivel de enfado, nos damos cuenta de lo inoportuno de nuestra frase y es el momento, si no somos muy orgullosos, de pedir un perdón necesario.  

3.       Autonomía emocional: capacidad de no dejarse arrastrar por los estímulos del entorno. Mantiene un equilibrio entre la dependencia emocional y la desconexión con el otro. No se deja arrastrar por sus emociones y sentimientos, dentro de la relación de pareja, por lo que no cae en una dependencia afectiva sobre el otro, pero tampoco se convierte en un tempano de hielo, que nada le resquebraja, perdiendo la capacidad de empatía. Alcanza un equilibrio, una interdependencia emocional, necesaria para evitar las relaciones toxicas, basadas en la dependencia o las relaciones inconexas, movidas por la despreocupación absoluta y la desvinculación emocional.

4.       Competencias o habilidades sociales: el miembro de la pareja posee la capacidad de escucha activa, no interrumpe, conoce los pasos de un buen diálogo, los silencios necesarios. Tiene la capacidad de empatizar con el otro, de entenderle y hacer ver que comprende las emociones de la pareja. Se muestra asertivo, no siendo ni pasivo ni agresivo en sus conductas y acciones.

5.       Habilidades para la vida y el bienestar: búsqueda del bienestar personal y social. Reclama para sí y para su pareja la exploración  de emociones positivas, las ganas de encontrar un equilibrio y una felicidad que garantice la armonía tanto para sí mismo como para su relación. Comprende la necesidad de las emociones negativas y su expresión, aunque desea conectarse con sus emociones positivas de manera regular[1].

Estas competencias, no aparecen en nosotros por arte de magia, han de ser cultivadas y enseñadas. La escuela es el lugar perfecto para que nuestros pequeños vayan conociendo sus emociones, sabiendo regularlas, adquiriendo habilidades sociales para tratar con los demás y alcanzando un placer por la búsqueda de su propio bienestar. La educación emocional es una necesidad básica que debe ser cubierta por nuestro sistema escolar ¿cómo sería nuestra vida de pareja si desde pequeños nos hubieran educado tanto en matemáticas como en competencias emocionales? ¿Cuántas situaciones de abuso, maltrato, incomprensión, sufrimiento, desentendimiento, nos hubiéramos ahorrado? No es tarde para, tengamos la edad que tengamos, empezar a cultivar nuestra inteligencia emocional, pero si desde la escuela comenzamos a trabajarlo, estaremos haciendo un bien superlativo a las futuras generaciones, a los futuros gobernantes del timón de nuestro planeta.



[1] Para profundizar en este tema acudir a: Bisquerra, R. Pérez, J.C. García, E. (2015). Inteligencia emocional en educación. Madrid: Síntesis.

DELIRIOS Y LOCURA

DELIRIOS Y LOCURA

Delirios y otros problemas

Bienllegados a la pagina donde todos vuestros delirios serán recompensados con miradas de incomprensión y rechazo amable.
Nos movemos incesantemente por sendas incautas, ataques de locura anonimos y vulgaridades encendidas por el alcohol de cualquier cantina.
No vengo a vender nada de valor ni a regalar una sonrisa verdadera, vengo para quedarme sentado mientras tu disfrutas de la ignorancia de los demás.
Vengo para quedarme sentado entre tus historias de a media tarde, para escucharlas, leerlas y enmudecer al ver que todos somos tan parecidos, tan complejamente simples.....
Me siento y te escucho. Sientate y escuchate. Sentemonos a escucharnos.Escuchame si puedes.